SESIÓN 5
Indicadores del Abuso Sexual Infantil.
TESORO DE LA SEMANA
Eclesiastés 4:12: «Uno solo puede ser vencido, dos pueden resistir. ¡La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente!», BAD.
En cada enseñanza consideraremos tres aspectos:
La revelación es el conocimiento espiritual de la Palabra de Dios; es decir, la comprensión que nos da el Espíritu Santo. Como consecuencia, la luz de Dios ilumina nuestra vida.
La instrucción es el entendimiento natural o intelectual que permite ajustar la voluntad a partir de aquella luz que se ha recibido por revelación para obedecerla. En otras palabras, la revelación percibida en nuestro espíritu se afianza en nuestra mente preparándonos para el cambio y la acción.
La aplicación es el conocimiento empírico; es decir, el que se adquiere al utilizar los nuevos conocimientos. Con este último paso honramos a Dios y revolucionamos el mundo visible e invisible con el poder del Señor impartido por su Palabra.
Revelación: Restitución divina
Primer encuentro
Estábamos en una reunión para líderes de distintos puntos del país.
Disponíamos de treinta minutos para abordar la temática de la sexualidad. Evidentemente Dios estaba presente, porque lo que ocurrió en la vida de muchas personas solo puede explicarse como un suceso sobrenatural. Ese tiempo tan acotado fue suficiente para que el Señor rompa con el silencio de toda una vida, en muchas vidas.
Al finalizar la exposición, una de esas personas, a la que llamaremos Sonia, se acercó guardando la compostura. Aparentaba estar tranquila y buscar un sencillo consejo acerca de alguna cosa sin mayor importancia. Sin embargo, la historia que nos contaría fue la que le quitó la paz y le robó sus ilusiones diez años atrás.
A los dieciséis años, un amigo de su hermano, hijo del pastor de la iglesia a la que asistía, la violó. Así de simple. Estaban en su casa. Ese varón esperaba al hermano de Sonia a que llegara del trabajo. Ella lo dejó pasar porque era un amigo de la familia. Él esperaba en el comedor; ella escuchaba música en el dormitorio. De pronto entró a la habitación y la forzó. Sonia nunca habló.
Su madre había sido violada a la misma edad. Su padre había dicho muchas veces que los problemas familiares eran consecuencia de no haberse casado con una mujer virgen. La madre de Sonia nunca superó el trauma de la violación y, su propio esposo, contribuyó a que se profundizara la grieta en su alma y, sin saberlo, arrojó al abismo a su propia hija. Con ese marco de fondo, jamás revelaría su vergüenza.
“Mi mamá está en silla de ruedas por artritis deformante. Nunca quiso hablar de su pasado. Sé que jamás perdonó al familiar que la violó. Mi padre dice que todo lo malo que nos ha tocado atravesar tiene su raíz en la violación de mi madre. Nunca la ayudó a sanar, al contrario, sus comentarios agravaron aquel sufrimiento. Los he escuchado insultarse durante años. Es más, mi mamá no sabe que sus hijas conocemos lo que ha vivido. Mi padre se ha encargado de repetir la misma historia muchas veces. No quiero terminar como ella, pero a la vez me da miedo, porque parece que voy rumbo a eso…”.
Entre lágrimas que brotaban a borbotones, Sonia dijo que anhelaba casarse de blanco, darle a su esposo su primer beso y entregarse por vez primera. Sin embargo, aquella mañana, aquel degenerado le había robado todos y cada uno de sus sueños como mujer.
Él, ese hijo de pastor, actualmente está casado, predica en la iglesia y sigue su vida como si nunca hubiese cometido tremenda atrocidad. Ella, por su parte, aumentó 30 kilos. Comenzó a vestirse con prendas grandes y oscuras a fin de no llamar la atención de nadie. Evitó las amistades con varones, abandonó la iglesia por varios años y sufrió infinidad de conflictos físicos y emocionales.
Queremos hacer un alto aquí. Historias similares a ésta la vemos repetirse muy a menudo. Una y otra vez la víctima vive un calvario, mientras que el abusador no se hace cargo de su maldad.
Esa mañana, en medio del frío intenso y de la lluvia tenue que caía, se hizo evidente la cálida presencia del Espíritu de Dios.
Nuestras palabras fluían con claridad e iban directo al corazón de esa joven. Entendimos que Dios estaba trayendo sanidad y restauración. Nos regocijamos porque discernimos que Él tenía en mente algo especial. Luego, le contamos una ilustración que el Señor nos trajo en ese momento. Era una forma de expresar lo que Él quería hacer.
“Sonia, supongamos que alguien robara tu computadora. Si la policía la recupera, ¿a quién pertenece?”. Sonia contestó: “aunque me lo roben, sigue siendo mía, yo soy la dueña”. “Bien”, dijimos. “En ese caso te la devuelven porque no la regalaste, te la quitaron”.
“¿Por qué crees que en el ámbito de lo sexual ocurre algo distinto? ¿Entregaste tu primer beso por propia voluntad o te lo arrebataron por la violencia?”. “Yo nunca di mi primer beso… En realidad me tapó la boca…”, y comenzó a llorar amargamente. “Entonces, te sigue perteneciendo”, dijimos con ternura.
Dios hace justicia. Él tiene el poder de decretar que se te devuelva lo que te han quitado. Es más, Dios te respalda. En un texto bíblico que habla de la violación dice: “Mas a la joven no le harás nada, no hay en ella culpa… pues como cuando alguno se levanta contra su prójimo y le quita la vida, así es en este caso”, Deuteronomio 22:26.
Muchos, en medio de una sociedad sumamente egocéntrica y dada al placer, ven la violación como una falla en la mujer. Hemos oído decir: “se habrá arrepentido a último momento”, “seguro que se lo buscó”, “algo habrá hecho…”.
Cientos de violadores son adolescentes u hombres jóvenes que desean probar su masculinidad sometiendo a una víctima desprevenida. La mayoría de las violaciones son motivadas por la fuerza, no por la ira. No es dañar al otro, no es infligirle dolor o sufrimiento sino, dominarlo para gozar. Muchos violadores creen que sus víctimas se terminarán enamorando de ellos. Es más, se lo dicen a sí mismos y se lo repiten hasta el hartazgo. No comprenden que esa persona no puede sentir placer porque está siendo forzada a algo que no ha elegido ni ha buscado.
El pasaje que vino a nuestra mente es: “Vuelvan a su fortaleza, cautivos de la esperanza, pues hoy mismo les hago saber que les devolveré el doble”, Zacarías 9:12 (NVI).
“Querida Sonia, Dios quiere devolverte lo que te han robado. Él tiene el poder de restituirte lo que aquel violador enmascarado con religión te quitó”.
La guiamos a una oración de perdón y renuncia. Luego, en el nombre de Jesucristo, anulamos toda ligadura de iniquidad en su vida y en su familia.
En el mismo momento que terminamos de orar, su rostro reflejaba una alegría incontenible. En unos escasos minutos su ser interior había sido mudado. ¡Gloria a Dios! ¡Bendita gracia!
Nos despedimos de los organizadores y cuando subimos al vehículo para retornar a nuestro hogar, otra joven nos llamó con la mano. Nos suplicó que oráramos por ella. Entre sollozos, dijo que en su niñez había tenido malas experiencias. Nadie sabía lo que había vivido. Quería dejar atrás ese tristísimo pasado. Su gran temor era que los abusos repetidos generen problemas el día que se case.
Lo más llamativo de la historia es que esta jovencita era hermana de Sonia. Dos hermanas en un mismo evento, las dos con abusos sexuales, las dos silenciadas a través de los años.
Una vez más fuimos testigos de que el abuso es el secreto más celosamente escondido. Satanás desea que se mantenga en la oscuridad para seguir atrapando con temores, ansiedades y toda clase de males a quienes no pueden atravesar el umbral de la liberación.
Por eso proclamamos que Dios desea y anhela con toda pasión restaurar a los suyos. Seamos parte de los hacedores y proclamadores de los más fenomenales milagros de Dios en este tiempo y, aunque lo sexual parezca dominarlo todo de manera desenfrenada, hedonista y egoísta, Cristo sigue en el trono para decretar libertad, sanidad y restauración a todas las víctimas.
Segundo encuentro (años después).
¡Llegó al fin! Luego de una intensa y calurosa jornada de capacitación, podíamos disfrutar de unos minutos de calma en el comedor de una casa cercana al templo. De repente, un colaborador local toca a la puerta para avisarnos que habían traído a una mujer en silla de ruedas. Vivía a muchos kilómetros de distancia y llegó diciendo que una médica la atendería. Por nuestra parte no teníamos idea de qué ocurría, a nadie habíamos dado cita.
Al salir a ver de qué se trataba, nos encontramos con Sonia. Casi no la reconocimos. Estaba muy bien arreglada, había recuperado su peso normal y nos esperaba sonriente. Nos dijo que cuando escuchó la publicidad de que estaríamos en ese lugar, pensó en su mamá. Deseaba que pudiera experimentar lo que ella había vivido años atrás. Sonia estaba totalmente restaurada. Nos relató su casamiento y lo feliz que era junto a su esposo con quien servía a Dios a tiempo completo en el pastorado. Estaba gozosa y no lo ocultaba.
Su madre era el polo opuesto. El ceño fruncido, el cuerpo torcido, sus manos en garra y sin movimientos. Totalmente apartada de Dios. No fue fácil hablar con ella, solo lloraba y refunfuñaba. Vivía llena de odio, odio hacia su abusador, hacia su esposo, la iglesia, Dios y la lista seguía.
Le preguntamos si podía aceptar el amor de Dios.
Su visión era muy negativa. Según ella, Dios la había olvidado. Solo pedía que sus hijas no vivieran lo que ella había sufrido en su infancia, sin saber que sus dos hijas habían sido violadas.
Oramos por su vida, pero no vimos resultado. Mientras le rogábamos a Dios por ella no quiso cerrar sus ojos ni inclinar su cabeza sino que nos miraba fijamente esperando que termináramos. No aceptaba que Dios la siguiera amando.
La despedimos con ternura. Se fue en su silla de ruedas, tal como llegó y con su corazón en pena. Según sus palabras ya era demasiado tarde para tratar de mejorar, demasiado tarde para perdonar, para perdonarse, para hacer las paces con la vida y el pasado. Según ella, para todo era demasiado tarde. Nadie pudo cambiar la perspectiva de su vida. Su silueta se disipó en la oscuridad de la noche.
Sonia expresó dolor porque su madre no aceptó que Cristo la sanara como lo había hecho con ella.
Instrucción
¿Cómo reaccionamos frente a los dolores de la vida? ¿Expresamos una actitud de fe como la adoptada por Sonia o de escepticismo como su madre?
Muchas víctimas de abuso sienten que las consecuencias son irremediables, insalvables e irrecuperables. Frente a esa concepción de la realidad, como consejeros cristianos debemos dar a conocer el carácter de Dios.
Santiago 5:10: “… Dios es muy bueno y amoroso con los que sufren”, TLA.
Dios no cambia de idea ni se arrepiente de hacer el bien. Él quiere sanar, liberar y desatar bendiciones sobre cada vida. Lo único que debemos hacer es creer y aceptar el regalo del amor de Dios.
Aplicación
A continuación compartiremos algunas recomendaciones para las víctimas de abuso y las personas allegadas que, muchas veces, sucumben frente al odio o la culpa:
- Perdonar a quienes te hicieron daño. El perdón es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. No esperes sentir el deseo de perdonar, es probable que eso jamás ocurra. La falta de perdón es como un lastre; nos hace ir lentamente en la vida. ¿Qué te resulta difícil perdonar? ¿Por qué? ¿Qué es lo que te detiene?
- Aceptar el amor de Dios. Pablo dijo: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia?”, Romanos 8:35 (BAD).
El reconocimiento del amor inmerecido de Dios es el punto de partida para la sanidad emocional. Entender que no hay nada ni nadie que pueda separarnos del precioso amor de Dios (Romanos 8:38-39) constituye el fundamento de toda restauración. Mientras no aceptes el perdón de Dios como un regalo para tu propia alma, permanecerás atado/a al oscuro pasado.
Dios dice: “He aquí, en las palmas de mis manos te he grabado (he esculpido tu figura)”, Isaías 49:16 (LBLA). Romanos 5:5 proclama: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.
La autocondenación impide la restauración. ¡Cuidado!, el diablo te hará creer que no mereces ser aceptado ni amado por Dios. Te hará sentir sucio y sin esperanza. No creas a sus infames mentiras. Tienes que decirle a ese embustero: “Dios me ama y nunca dejará de hacerlo”. Recuerda que 1ª Juan 4:10-11 declara: “En esto consiste el amor verdadero: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados. Queridos amigos, ya que Dios nos amó tanto, sin duda nosotros también debemos amarnos unos a otros”, NTV. - Disciplinar tu boca. Marcos 11:23 dice: “Cualquiera que dijere…, y no dudare en su corazón sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga será hecho”. El contenido de ese versículo es un tesoro que puede ser disfrutado si lo hacemos nuestro por medio de la fe. “Y dijere”; no dice: “cualquiera que pensare u orare”. Se trata de hacer una declaración verbal de fe. Declara que superarás el dolor, que la salud integral será tu aliada, que mejorará tu vida y alcanzarás libertad completa. Declara sanidad y bienestar. Proclama que hoy será un día de victoria y restauración porque la presencia de Dios está sobre tu vida. Levántate con una actitud de fe. Eleva tus expectativas. Abre tu boca y echa fuera la tristeza, la depresión y la soledad. Enfócate en Dios, piensa, medita y recita su Palabra. A medida que lo hagas tu fe crecerá. Toma la decisión de honrar a Dios con tu confianza puesta en Él. No importa cuán grande parezca tu prueba o cuán fuerte tu adversario; Dios es más fuerte y, con Él, lo puedes todo. Declara: “no me detendré, avanzaré con Dios pase lo que pase. Llegaré a ser todo lo que Dios espera y cumpliré todos sus propósitos en mí”.
Haz tuya la siguiente oración: “Amado Dios, vengo a ti con mis angustias y rencores. Tú conoces mis tristezas y cada una de las lágrimas que he vertido a lo largo de mi vida y que no han sido enjugadas en tu presencia. Siento que estoy muriendo de a poco. No quiero vivir así, pido tu auxilio. Ayúdame a superar todas las crisis. Que mi adversidad no se transforme en mi destino. Quiero disfrutar de la vida, vivir en libertad y gozar de armonía. Te entrego mi pasado, mis errores y dolores; también mi presente y futuro. Anhelo tu paz. Inúndame con tu amor. Te necesito y recibo tu bondad por el poder de la fe que deposito en ti. Amén”.