SEMANA 7
Evidencias de un corazón transformado
- INTRODUCCIÓN
- DÍA 1: Una genuina adoración
- DÍA 2: Primero adorar, luego servir
- DÍA 3: Dueños de nada, administradores de todo
- DÍA 4: Diezmos y Ofrendas: Generosidad que Honra al Señor
- DÍA 5: Dios no acepta cualquier ofrenda
- DÍA 6: Primicias del Corazón: Honrando a Dios con lo primero y lo mejor
- DÍA 7: ¿Me amas? Apacienta mis ovejas
INTRODUCCIÓN
¿En qué podemos robarle al Señor?
Dios espera que lo honremos con las primicias de nuestro esfuerzo, del mismo modo que lo hacemos entregando diezmos y ofrendas. Existe una conexión entre el dinero, los bienes y la adoración. Éxodo 23:15 dice: “… y ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías”, VRV. “Nadie se acercará a mí sin traer una ofrenda”, PDT.
En la devoción.
Dios espera que lo honremos con lo mejor de nuestras fuerzas en la devoción. ¿Cuántas veces le robamos al Señor con una mente dividida o manifestando pereza en la oración? Oramos sin anhelar su cercanía; oramos para aplacar las culpas, pero sin expectativas. Si Dios es realmente importante, ¿por qué debería conformarse con la tibia adoración que le brindamos de vez en cuando? ¿Por qué debería aceptar canciones que no surgen del corazón ni conmueven las emociones?
Cuando nos faltan el respeto nos enojamos, si estamos felices celebramos, si hieren nuestros sentimientos lloramos; pero ante el Señor nada nos emociona. Adoración apática y ritualista, sin devoción ni amor. No se manifiesta felicidad porque el Rey está presente en medio de su pueblo, ni arrepentimiento por las malas actitudes, los comentarios impropios o los pensamientos errados. ¡Es hora de cambiar!
En nuestro tiempo.
Dios espera que le demos lo mejor de nuestro tiempo en adoración, servicio y consagración. Es común que nuestra vida de servicio fluctúe. Generalmente nos volvemos más sensibles cuando estamos en dificultades, pero apenas las cosas comienzan a mejorar, el negocio prospera, las bendiciones se multiplican y con ellas las responsabilidades, no pensamos en darle más tiempo a la obra del Señor sino menos. Aparecen las excusas: “tengo que cuidar lo que Dios me da”, “tengo que ser responsable” y, bajo aparentes verdades, hacemos lo que hizo el pueblo de Dios a lo largo de la historia: preponderó sus caminos en vez de hacer la obra del Señor.
La advertencia de Dios.
Hageo 1:9 (PDT) “Ustedes esperaban una gran cosecha… yo soplé e hice que se acabara rápido. ¿Por qué? Pues mi casa está en ruinas mientras ustedes se dedican a las suyas, dice el Señor Todopoderoso.”
La vida se compone de tiempo. Muchas veces cantamos: “mi vida te pertenece”, pero el uso del tiempo muestra que le mentimos al Espíritu Santo. ¡Dios nos ayude a ser genuinos y a consagrar nuestro tiempo! Mateo 6:33 (PDT) “Así que, primero busquen el reino de Dios y el bien que Dios quiere que hagan, y se les dará todo lo que necesitan.”
En los dones y talentos.
Dios anhela que los dones y talentos que nos ha dado le rindan adoración y servicio. Cada don que nos ha dado debería ser una semilla que le rinda al Señor una gran cosecha; es decir, que vuelva a Él incrementando Su honra. Pero el diablo busca frustrar esos propósitos haciendo que los usemos para nuestros intereses egoístas, ya sea para conseguir un mejor trabajo, popularidad, prestigio social o escalar posiciones y ostentar mayor poder. Si los usamos (ya sean dones o talentos) para nuestro beneficio (obteniendo la alabanza de las personas en vez de glorificar al Señor) le robamos Su porción.
1ª Timoteo 4:14 dice: “No descuides el don espiritual que recibiste…”, NTV. 2ª Timoteo 1:6 insiste: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos”, VRV. 1ª Pedro 4:10: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”, VRV.
En los diezmos y ofrendas.
Dios espera que lo honremos con las primicias de nuestro esfuerzo, del mismo modo que lo hacemos entregando diezmos y ofrendas. Existe una conexión entre el dinero, los bienes y la adoración. Éxodo 23:15 dice: “… y ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías”, VRV. “Nadie se acercará a mí sin traer una ofrenda”, PDT.
Dios desea que generosamente contribuyamos con dinero para la expansión de su obra. Sabemos que este tema es muy espinoso porque se han visto malos ejemplos, malversación de fondos y espíritu mercantilista en las filas del Señor. Pero nada de eso nos exime de la responsabilidad de honrar al Señor con nuestras posesiones.
Algunos buscan escudarse en que el diezmo era una “obligación” del Antiguo Testamento, lo cual es real. En Malaquías 3:8 Dios acusa a su pueblo de robarle en los diezmos y ofrendas.
Ahora bien, ¿Dios espera menos de nosotros, su pueblo, que ya no vivimos bajo la ley sino bajo la gracia? Nosotros que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Efesios 1:3), que vivimos bajo la guía directa del Espíritu Santo (Romanos 8:14) y que tenemos a Jesucristo como mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas (Hebreos 8:6), ¿acaso daremos menos?
Si el amor de Dios fue medido por su entrega (Juan 3:16), ¿por qué creemos que no se aplica a nosotros el mismo principio?
Pidámosle ayuda al Señor para obedecer y entregar de todo corazón lo que somos. ¡Que podamos expresar generosidad para con su obra, como Él ha hecho con nosotros al darnos a Jesús!
En la forma en que servimos.
Haremos bien en recordar que Jesús llamó a sus discípulos para que estuviesen “con Él” y, luego, para enviarlos a predicar, Marcos 3:14. Nosotros hemos invertido el contenido de ese versículo y, por ende, servimos a Dios sin antes haber estado con Él.
Dos cosas son diferentes en la Palabra de Dios: “el oír” y “el hacer”. Una parte importante de todo siervo de Cristo es “oírlo a Él”, a fin de saber que “hacer para Él”. Hay algo más que la actividad. El que siempre hace, corre el riesgo de hacer sin ser enviado. Será por demás instructivo meditar en las palabras dichas por Isaías: “Despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios”, Isaías 50:4.
Es imposible predicar de Cristo, a menos que nosotros mismos seamos llenos de Cristo en lo más íntimo de nuestro ser. Predicar de alguien a quien no conocemos es mentir, y ofrecer algo que no tenemos es un pecado del cual muchos deberán arrepentirse. Si quieres presentar a Cristo delante de los demás, debes ocuparte de Cristo tú mismo.
Tener apariencia de piedad pero negar la eficacia de ella es un pecado horrendo que afecta las vidas de los más nuevos en la fe. De nada sirve predicar a Cristo sin hacer de Cristo tu máxima prioridad. La forma en que administras tu vida muestra tu espiritualidad. A propósito, ¿cómo administras tu sexualidad? ¿Cómo inviertes o gastas el dinero que llega a tus manos? ¿Consultas a Dios cada decisión que tomas? ¿Pasas por el cedazo de la oración tus deseos, sueños y metas?
Las últimas áreas en rendirse a Cristo son el bolsillo y la sexualidad. Se impone la pregunta: ¿te has convertido al Señor? ¿Entregas el manejo del dinero y la sexualidad a Dios? ¿Es la oración el medio para vencer toda tentación?
La prioridad más importante para un cristiano es su comunión con Dios. Si no fortaleces dicha relación en los primeros momentos del día, después te resultará difícil. Lo más importante debe ser puesto primero, de lo contrario ya no encontrarás tiempo disponible en el resto de la jornada.
Objetivos de la semana
- Desarrollar una adoración genuina y una alabanza sincera que broten de un corazón agradecido, honrando a Dios en espíritu y en verdad.
- Comprender la importancia de honrar a Dios con las ofrendas, diezmos y primicias, y administrar fielmente los recursos que Él nos ha confiado.
- Cultivar un espíritu de generosidad, aprendiendo a dar con alegría, gratitud y confianza en la provisión de Dios.
- Fortalecer la comunión entre los hermanos, promoviendo el amor, el respeto, el perdón y el trabajo conjunto en la iglesia.
- Desarrollar una actitud de servicio humilde y comprometida, siguiendo el ejemplo de Cristo y poniendo nuestros dones al servicio de los demás.
- Entregar al Señor todas las áreas de nuestra vida —adoración, recursos, relaciones, dones y tiempo— para vivir de manera que le lleven honra y lo glorifique.